domingo, 12 de agosto de 2012

Tú y tus estrellas.

A lo lejos se podían ver la mitad de luces de las reglamentarias de ese viejo coche rojo que tanto mimas, de ese en el que tantas veces hemos conseguido alejarnos del mundo. Se oyó el silencio tras girar la llave. Nos habíamos detenido en medio de ninguna parte, como tantas otras veces, pero esta vez bajo la calma de un manto de millones de estrellas. Miré hacia el cielo y me sentí insignificante, seguidamente te miré a ti y sentí todo lo contrario. Era grande, inmensamente grande sólo porque estaba ahí, contigo. Con la persona que es capaz de crear un ramo de rosas solamente con un pétalo. Sonreías y eclipsabas todo lo que nos rodeaba. Ninguna de esas estrellas que nos sobrevolaban era capaz de igualar el brillo de esa sonrisa que tienes, ni si quiera se acercaban. Me cogiste de la mano guiándome hasta tu regazo, besándome en la punta de la nariz. Sonreí, ¿cómo no iba a hacerlo? Y comencé a señalarte todas esas constelaciones de las que por algún motivo que desconozco o no recuerdo sé su nombre. Y me callaste. Robándome un beso. - "Preciosa, no quiero que mires al cielo aún, mírame sólo a mí hasta que te lo diga". No hacía falta que me lo pidieses, me quedé prendada de tus oscuros ojos por digésima vez. Nos sentamos en el capó de nuestro compañero de viaje y nos miramos sin decir nada. Comenzó a caer el cielo, literalmente. Esas estrellas que nos habían estado observando cruzaban el cielo a gran velocidad. Me giraste diciéndome en el oído "Una lluvia de estrellas. Es lo único que se aproxima a tu belleza". Pude morir de amor en ese momento, pero preferí aprovecharlo.

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