lunes, 18 de noviembre de 2013

Rota.






Ya está otra vez ahí, asomada a la ventana entre-abierta, sintiendo cómo la lluvia le acaricia la piel. Está perdida, a pesar de no haberse alejado de casa, o al menos se siente así.
Y es que, ¿qué haces cuando pierdes, cuando ya no hay esperanza de que aparezca el sol cuando menos te lo esperas?
Pues nada, ¿qué vas a hacer?
Ella está en trance; no se mueve, no habla, sólo respira, y aún así le pesa el alma. Se sienta a oscuras, oyendo el murmullo sordo de quién de verdad la ama; impasiva, no se da cuenta, no lo ve, no lo oye.
¿Cómo se rompe algo tan bello, algo tan inocente? ¿Por qué lo permiten? ¡Ayúdenla, joder, ayúdenla!
Ella era fuerte, era impenetrable, pero hasta la fortaleza más poderosa puede sucumbir, puede caer, porque en su interior esconde algo que no somos capaz de percibir; fragilidad.
Ella sufría un complejo de cristal; es hermosa, brilla y parece recia, pero puede quebrar con un buen golpe, o con varios en los puntos débiles acertados. La hicieron padecer, y calló, y sonreía, pero cada herida la iba convirtiendo en un ser más endeble, abría una lesión que jamás se convertiría en cicatriz.
Y allí está otra vez, tratando de esconder que ya no es irrompible, que han podido con ella, que sólo siente dolor, y que se avergüenza.



'Quise ser fuerte, lo juro.'




No hay comentarios:

Publicar un comentario